Un día subiste a mi vagón ¿o subí yo al tuyo?, bueno, eso que más da. Un día coincidimos en el mismo vagón. Como cualquier pasajero, como uno más... Pero avatares del camino, circunstancias de la vida, hicieron que compartiéramos palabras, secretos, miedos, sonrisas, complicidades... y poco a poco nos convertimos sin querer en compañeros de viaje.
Mi maleta la enriqueciste con tu presencia, con tus gestos, con deseos compartidos que un día se hicieron de carne y hueso y que una noche, a la que siguieron otras... por fin pudimos disfrutar.
Desgraciadamente, en una de esas paradas, en una estación perdida quien sabe donde, bajé del vagón. Y cuando quise dar cuenta el tren había emprendido su camino sin mí... Corrí pero ya fue tarde. Y en aquel vagón ibas tú, sin mí. Tú seguiste tu camino. Yo me quedé esperando que el tren volviera. Y que allí estuvieras tú tendiéndome la mano para ayudarme a subir. O al menos que me esperases, guardando el asiento que junto a ti compartía... Quizá dejando que algún pasajero lo ocupase, pero solo durante unas cuantas paradas... porque ese asiento -oh, sueños- tiene un nombre grabado.
Pero quizá ese tren no vuelva a pasar nunca por aquella estación maldita...
Quizá coja otros trenes, y en el confluir de subidas y bajadas... quizá, sólo quizá -oh más bien ojalá!- algún día volvamos la cara y mientras subamos a un nuevo vagón de tren nos encontremos de nuevo compañeros de viaje...
Y en ese momento abriré mi maleta y verás que allí sigue todo aquello que me diste. Todo aquello que hoy hace que mi equipaje, en esta estación vacía en la que aún me encuentro, sea más rico que cuando subí a tu tren ¿o subiste tú al mío? En fin, que más da...
Ojalá, sólo ojalá.
Me encanta este texto que acabo de encontrar

¡¡Espero que os guste!!